Vistas de página en total

jueves, 4 de diciembre de 2014

Runoterapia o el arte de mandarlo todo al carajo

(Escrito en algún momento entre día 24 y el 27 de noviembre) No hay mejor gasolina para el entrenamiento que un buen cabreo o, en su defecto, un auténtico día de mierda. Experimentar en carnes propias uno de esas jornadas que parecen inacabables y que vienen estupendamente aderezadas con triple ración de trabajo, correctamente gestionada, puede ser la excelente antesala de uno de los mejores entrenamientos. Y si alguien no piensa igual, que deje un comentario en el blog y lo debatimos.
Mi tesis no se basa en la facilidad que tenemos cuando nos agobiamos en mandarlo todo al carajo, enfundarnos las zapatillas y echarnos a la carretera o al camino. Mi reflexión, la de que enojados rendimos más y mejor, viene precedida de una sencilla explicación: Cuando más nos ofuscamos o más se empeña el mundo en tocarnos las narices, en nuestro interior el otro yo que deambula se empeña en largarse al paradiso. A ese lugar especial donde, no sabemos todavía demasiado bien porqué, somos otras personas y de lo más felicies entre kilómetros, zancadas y geles energéticos.

Los que me conocen saben que no soy de enfadarme. O al menos no de mostrarme enfadado, sino que interiorizo los mosqueos para invertirlos posteriormente en una tirada más o menos larga. Como la de esta noche. Este martes pasará a los anales de la historia como uno de los puñeteros peores días de mi existencia. Empezando por las más de siete horas de trabajo ininterrumpido y continuando con cinco horas de clase de máster, también sin pausa para desperezar el culo del asiento. Entre y entre, afortunadamente, he tenido 30 minutos para engullir la comida y largarme a Alaior a la UIB.

Si a esto le añadimos, como colofón, que la materia que se ha impartido ha sido lamentable a nivel organizativo como de entretenimiento (chuparse 18 exposiciones del tirón pueden provocar muerte encefálica y unas ganas de asesinar a alguien tremendas), el resultado es que me calzo las Vomero y le doy al asfalto, la única medicina natural que cuanta más te tomas mejor te sientes. Y así ha sido, unos 8 kilómetros a poco menos de cinco minutos el kilómetro con algunas subidas.

En realidad el cabreo no viene solo del martes. En realidad todo empezó el domingo cuando regresamos de pasar el fin de semana en Barcelona. El panorama de conexiones aéreas es tan lamentable en Menorca que la única empresa que conecta con la ciudad condal es Vueling y lo hace, literalmente, como le sale de los cojones. No solo porque te pide lo que quiere, a la hora de comprar el billete, sino que luego te hace viajar en un trasto que en algún momento de su anterior vida fue un avión.

Alguno sabrá que no soy demasiado amigo de volar y si encima me vienen a buscar a Barcelona con un avión viejo, con un montón de sillones rotos, con desperfectos y demás… Me tocó sentarme en la última fila y ¡OJO! No critico el espacio, porque si la política de la empresa dice que si quieres más espacio tienes que pagar, pues el que quiera o pueda que se lo pague. Yo hablo de que las últimas tres filas del aparato en cuestión tenían los respaldos rotos, no se mantenían rectos tal y como exige el protocolo de seguridad que te repiten en cada vuelo.

Cuando mides 190 centímetros, encajonarte en el minúsculo espacio supone un reto del tipo Tetris. El nivel de dificultad y de comodidad se complica al máximo cuando además el asiento de delante está roto y no puedes, porque físicamente es imposible, meter las piernas. Si pudieras estirarlas en el pasillo al menos se te pasaría el cabreo pero es que si encima la tripulación te pisa porque te encuentra en su camino y, en lugar de pedirte disculpas o darte alguna estúpida excusa como que en el anterior vuelo un grupo de críos han hecho el cazurro, se han cargado los asientos y no ha dado tiempo a repararlo… Pero no. Ni eso. La respuesta de la tripulación a mis más de 130 euros pagados por el billete fue ignorar el asunto, escurrir el bulto, pasarle el marrón a otro. Eso me hinchó aquello que cuelga a mitad de camino entre la rodilla y el ombligo.

Pero bueno. El finde en Barcelona sirvió para desconectar, lo necesitaba, hacer muchas compras y salir a correr. Pocas veces lo había hecho y acabé muy contento. Desde la plaza Alfons X hasta el hotel Vela, un poco de paseo por el paseo marítimo y regreso significó un total de 20 kilómetros. La verdad que satisfecho y medio. Además he cambiado el programa que a veces uso en el móvil y he empezado a utilizar el Strava. El primer día acabé contento, ya os iré comentando. Si me queréis buscar y agregar… Aunque ya os aviso que al ritmo que voy y la distancia que hago, es probable que no sea el rival que más juego os dé.


En fin, lo dicho. Un buen cabreo puede ser el mejor caldo para un entrenamiento de cojonudo. O, como lo llamo, runoterapia.