Escribir con el
calentón y el subidón que produce el haber salido a entrenar un rato y acabar
haciendo el doble de los kilómetros previstos resulta más fácil. De entrada
porque la tinta que utilizas, aunque sea cibernética, está condicionada por esa
sensación que te recorre el cuerpo y que te hace sentir, de alguna manera,
invencible. La verdad que una dosis de optimismo no me viene nada mal a poco más
de una semana para enfrentarme a los 75 kilómetros de
Formentera.
Llevo unos días dándole
vueltas a un tema, me he equivocado. Desde el principio hasta el fin. He metido
la pata en un pozo tan hondo que cuantas más vueltas le doy, más claro lo veo. He
fallado en el planteamiento del reto de raíz, he querido ir mucho más allá de
lo que en realidad debía. Plantearme hacer las tres trails –Formentera, Trail
de Serra de Tramontana y Camí de Cavalls- así, como el que hace la lista de la
compra del súper, es una vacilada.
Los que me conocen
saben que acostumbro a tener los pies en el suelo en todos los momentos. Por
ejemplo, cuando alguien me para por la calle y me dice que le gusta mucho como
escribo u otro me dice que se lo pasa muy bien conmigo cuando cojo un micrófono
y le doy al palique. Son comentarios que agradezco de corazón pero que no me
sirven para mucho puesto que no me los tomo demasiado enserio. Me alegra que lo
que hago guste pero no me cambia la forma de ver el día. A veces incluso me
dicen que peco de humilde, pero a mi me gusta ser y pensar así, que no hago
nada especial ni nada fuera de lo normal sino que simplemente hago lo que debo
esforzándome y entregando lo mejor de mi.
Por eso, cada vez
tengo más claro que lanzarme a comentaros que haría las tres trails así, a
bombo y platillo fue un error. Le falté el respeto a las tres pruebas, le falté
al respeto a cada kilómetro del trayecto, le falté al respeto a los que
preparan minuciosamente cada prueba trabajando por un objetivo concreto y, me
fallé a mi mismo.
Cuando empecé a
correr lo hice como una afición para disfrutar. Poco a poco fui ganando
distancia y perdiendo peso mientras disfrutaba como un enano con cada zancada. Meterme
en este embolado ha hecho que algunas zancadas no las disfrutase, precisamente.
Ha hecho que correr o salir a entrenar se convirtiera en una obligación cuando
debía ser algo similar a una fiesta. Me ha hecho cambiar y eso, en definitiva,
no me gusta.
Ahora no hay vuelta
atrás, tengo la inscripción para Formentera y para Mallorca y no creo que me
rinda sin intentarlo porque creo que lo lamentaré profundamente pero me gustaría
que la motivación que me llevara a estas pruebas fuera la de hacerlas porque me
hace feliz y no porque en una maldita tarde de julio me vine tan arriba que le
falté el respeto a todo lo que le podía faltar. Me cubrí de gloria.
Ahora se me hace
particularmente muy difícil dejar a un lado esa especie de sentimiento de
culpabilidad que me rodea después de todos los esfuerzos que he hecho. No lo he
tenido fácil para entrenar y he sacado tiempo de dónde verdaderamente no lo hay
sacrificando muchas horas de sueño que al final me acababan pasando factura. No
quiero, tampoco, pensar que todo ese esfuerzo ha sido en balde porque, aunque
considero que he fallado, en el fondo no me lo merezco.
Siento que aquel
reto que tanta ilusión me hacía no hace tanto, se ha convertido en una carga
que me ha condicionado la preparación y que ahora no puedo quitarme de encima
ni para descansar un rato.
Sí, lo he pasado mal
y sé que no es culpa tuya porque, parafraseando a cualquier topicazo deportivo
con el que acostumbraba a trabajar “la presión se la pone uno mismo”. Y en este
caso creo que he sido mi peor enemigo. Al menos, el enemigo más hijo de puta.
En fin. Nadie dijo que fuera fácil…
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