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martes, 17 de marzo de 2015

Una aventura por la Formentera salvaje. CONSEGUIDO.

A poco de llegar al kilómetro 40, con el
faro de la Mola al fondo.
Lo hice. Me zampé los 75 kilómetros de la Formentera Trail All Round 2015 con una alegría y un estado de forma sorprendente. Os prometo que al acabar me sentía tan bien y con tantas fuerzas que hubiese seguido corriendo un rato más, si no fuera por el kilo y medio de arena que arrastraba en las zapatillas del último e inacabable tramo de playa. Pero qué puñetas… ¡Cómo me divertí! Todas las penurias que he pasado rascándole horas al tiempo para salir a trotar, durmiendo poco y mal y todo lo que hace realmente difícil dedicarse a este deporte desde el aspecto más amateur que conozco valieron la pena. Vaya si valieron…










 La llegada a Formentera en sí ya supone una auténtica odisea. Parece mentira que solamente para ir de Menorca a Formentera tenga que coger dos vuelos y un barco y tardar, aproximadamente seis horas. Es el tiempo que pasé en el aire yendo de Barcelona a Dubai. Y además, ya sabéis la tirria que le tengo al tema de volar y de coger aviones.

Formentera presentaba un aspecto precioso este año.
Eolo, el dios del viento, se lo tuvo a bien conmigo y cuando todo parecía que iba a hacer un mal tiempo de narices, rebajó el listón para que el vuelo de Menorca a Palma fuera tranquilito. Además compartí rato con los corredores Antonio Gálvez, Zori Gomila y Vanesa Ruíz, los tres un verdadero encanto. Con ellos comimos ya en Palma una deliciosa ración de ‘trash food’ de aeropuerto y casi perdemos el vuelo comentando la jugada.

Eolo me dejó tirado en el segundo vuelo ya que en Eivissa preparó unas rachas de tres pares de narices que movieron el avión de lo lindo. Lo mejor fue que en el asiento de salida de emergencia el que tenía al lado y yo nos debatíamos en una feroz lucha por ver quién de los dos estaba más acojonado. Un percal… No articulamos palabra hasta que las ruedas tocaron el suelo pero durante el vuelo bastaron las caras para decirnos todo lo que necesitábamos oír.

Yendo a Formentera.
En Eivissa la hermana de Antonio nos llevó hasta el puerto donde tomamos un ferri hacia Formentera. A diferencia de 2013 cuando vine por primera vez, el mar estaba muy calmado ya que el viento y la mala mar estaban al otro lado de la Isla. Como podéis ver en el video grabado con el móvil, había viento pero no olas. En el ferri me encontré con María, una amiga mallorquina que conocí hace unos años en Menorca, y que se había apuntado a los 39KM con un grupo de amigas muy simpáticas con las que compartimos consejos, nervios, alegría y pizza.

Una vez en Formentera, primer gran error, viajar sin el carnet de conducir. Menos mal que Víctor Truyol es un encanto, además de un buen amigo, y cogió el coche él dejándomelo. Y menos mal porque el apartamento que alquilé estaba tan lejos del puerto que por momentos pensé que ni siquiera estaba en Formentera… Eso si, estaba en primera línea de mar en una playa preciosa por la que al día siguiente iba a pasar cagándome en todo lo imaginable. Aproximadamente kilómetro 28-29 de la carrera.

Lleno total en el brieffing. Más de 400 participantes.
El briefing estuvo bien, ameno, aunque había tanta gente que la carpa se quedó pequeña y muchos no tuvimos sitio y tuvimos que seguirlo como buenamente pudimos desde fuera. Después, opté por comprar un poco de pasta, atún y tomate para cenar en el apartamento, donde había televisión pero no sintonizador de TDT… Qué bien viven los hippies en esta isla. Además, para que os hagáis una idea, la vivienda era rollo Cuéntame, antigua pero con encanto. Preparé todo el material que me tenía que llevar al día siguiente y me tumbé pensando que los nervios no me dejarían dormir… Qué equivocado estaba. Por primera vez en muchos meses, me quedé dormido antes de las 12. Y no veáis lo bien que dormí.


YA EN LA CARRERA.

La playa de Migjorn, las vistas desde el apartamento que alquilé
Me desperté con tiempo, a las 6 de la mañana, desayuné y pasee un poco por la playa antes de ir a la línea de meta. De tan relajado que estaba, casi llego tarde. Una vez allí, las piernas tiraban un poco imagino que por los nervios. Me encontré con Antonio, Zori y Vanessa, así como con Zeus y su novia. Me hizo gracia porque fui a clase con Zeus en el instituto y creo que ninguno de los dos nos hubiésemos imaginado por aquel entonces corriendo este tipo de pruebas. Nos hicimos la foto de rigor y nos deseamos mucha suerte.
Vanesa, Antonio, Zeus y yo. Foto hecha por Zori.
Con los nervios, casi me olvido de encender la GoPro… Supongo que en unos días colgaré el vídeo ya que todavía tengo que descargarlo, editarlo y colgarlo. Os enteraréis, no os preocupéis.

La salida a las 8 en La Savina, coincidiendo con el sol, fue espectacular. Deliciosa. Sentí una absoluta felicidad porque después de cuatro meses durísimos en los que llegué a pensar en arrojar la toalla me encontraba allí haciendo lo que quería aunque pensaba que quizás no lo suficientemente preparado. “Ningú t’espera a meta, tens 14 hores per córrer 75 kilòmetres i t’aniràs trobant avituallaments per lo que només t’has de preocupar d’anar tirant… Disfruta perquè t’ho mereixes”, creo que me dije antes del pistoletazo de salida. Y eso hice.
S'Estany d'es Peix, una maravilla para correr.

Antonio, Vanesa y yo salimos juntos desde un primer momento, pero Antonio tenía en mente hacer tiempo por lo que pronto se escapó. Yo me quedé con Vanesa y me convencí de que aguantaría hasta que el cuerpo me frenase. Los primeros kilómetros son espectaculares, la mejor vista en la que he corrido, en el Estany d’es Peix. Una laguna tranquila y transparente en la que es fácil correr y poco a poco vas cogiendo sensaciones.

Los primeros 20 kilómetros del trazado son bastante corribles aunque por momentos te metes en camino de piedras sueltas que te hace andarte con cuidado con las pisadas. El camino no está marcado como el Camí de Cavalls sino que se hace con tiras rojas y blancas de obra que el viento esconde con demasiada facilidad, un aspecto a mejorar por parte de la organización.

Foto con el gran Víctor Truyol en el primer avituallamiento.
Como las piernas y el cuerpo me pedían tute, aguanté el primer tramo con Vanesa a un ritmo de unos 5.15 creo, muy por encima de mis posibilidades. Pero lo aguanté bien y por momentos pensé en seguir toda la carrera a ese ritmo hasta dónde llegase pero en el primer avituallamiento pensé en disfrutar como a mí me gusta, compartiendo la experiencia con fotos en Facebook, charlando con los voluntarios (ÁNGELES DE LA GUARDIA sin los que nada de todo esto sería posible) que salvaguardan cada punto de parada… Por lo que le deseé toda la suerte del mundo (Hizo un carrerón y acabó segunda en féminas...ENHORABUENA!!) y me quedé con Víctor, comentando la jugada y colgando la primera foto a los piés de una de las torres de defensa.

Aquí lo estaba pasando realmente fatal. Mucho calor,
principio de deshidratación, la arena no me dejaba correr
y se me hizo eterno. Además pasé por delante del
apartamento... menos mal que no llevaba las llaves encima.
Después vino lo complicado. Tras un tramo de camino con piedras, tocó meterse por varios barrancos en los que no se podía correr y se castigaban muscularmente las subidas, sobre todo en los cuádriceps, un aspecto que como siempre no tengo suficientemente entrenado. Ese esfuerzo sumado al del inicio y al asfixiante sol que ya lucía sobre las 10 de la mañana propiciaron que bebiera mucho, muchísimo, y me quedé pronto sin agua y sin que me pudiera entrar nada de comida, a unos 7 kilómetros del avituallamiento, cuando se cambió la roca por la arena. Además, no tener agua creo que me afectó en la orina y me empezó a salir de un tono marrón preocupante. Estaba en la playa de Migjorn.
Chiringuito en el que en 2013 me comí una de las mejores
hamburguesas de mi vida...
En Es Caló des Morts, kilómetro 32.1, me entraron los calambres, las malas ideas y tampoco ayudó el hecho de pasar por delante de mi apartamento ya que no estaba disfrutando y no podía correr. Pensé que para retirarme bien, tenía que llegar al siguiente punto y más porque no llevaba la llave de la casa encima, estaba en el punto 40.4 aproximadamente. Caminé mucho hasta el avituallamiento y una vez allí me senté a meditar qué hacía. Mentalmente estaba seguro de que no había entrenado suficiente pero después de todas las complicaciones no quería arrojar la toalla. Me merecía intentarlo más allá de los límites, así que me hidraté todo lo necesario, me obligué a comer, charlé con los voluntarios y me armé de valor después de aplicarme un poco de radiosalil a las piernas. Efecto placebo o no, la cuestión es que funcionó. Reanudé el rumbo con un compañero de Mallorca Evasión Run, creo, que tenía problemas estomacales y fuimos a un ritmo flojo.

El tramo hasta el siguiente punto era una cuesta por pista larga y sin sombra pero poco a poco fui recuperando el optimismo y las ganas de correr hasta el punto de ir adelantando corredores. Llegué al faro de La Mola donde todo lo veía más claro y con muchas más ganas.

Uno de los boles de pasta y los sanitarios atendiendo
a un corredor al fondo en una carpa improvisada. Hubo varios
golpes de calor.
Me regalé dos boles de pasta con aceite que me dieron vida mientras veía a un corredor se desplomaba y tenía que abandonar la carrera con un golpe de calor. Después de lo que me había pasado entre el 28 y el 32 la verdad es que me dio muy mal rollo. Tras la pasta, como si de un menú de carretera se tratara, me comí un par de pastelitos de bollería industrial de postre, me cambié la camiseta y enfilé la segunda parte de la carrera como si la primera parte no contara.

El segundo tramo de carrera pasa por unos acantilados preciosos... Al fondo, Es Caló.
Y estoy muy orgulloso, no lo negaré. No por los 12 o 13 corredores que adelanté en esos 34 kilómetros sino por cómo reaccionó mi cuerpo y, sobre todo, mi mente. Me sentía muy bien físicamente y mentalmente, con ambición de seguir corriendo, de avanzar y disfrutar con cada zancada. Lo bueno de ese tramo es que corres en lo alto de un acantilado y las vistas son espectaculares, lo malo es el suelo. De hecho, un compañero asturiano con el que corrí un rato se pegó una buena leche con una raíz traicionera aunque pudo seguir.

Torre de Punta Prima.
Pasamos por roca, tierra y luego asfalto, con una bajada por una vía romana en la que volé hasta llegar al avituallamiento de Es Caló, donde Víctor me dio ánimos como siempre. Me quedaba pasar un rato de arena hasta llegar a la Torre de Punta Prima, en el kilómetro 58 y el último punto de recarga hasta llegar a meta.

Los últimos 13 kilómetros se repartían en 8 de arena y el resto de pista. En 2013 los de arena se me hicieron eternos, recuerdo que tenía la sensación de que no avanzaba y en esta ocasión llegaba más fuerte mentalmente y con la satisfacción de haber superado la pájara del principio. Ir adelantando corredores también te da fuerza así que prácticamente corrí toda la arena hasta llegar al control de chip en el final de la playa de Ses Illetes.

Una vez allí reconozco que sentí algo de pena y nostalgia. Me sabía mal lo poco que me quedaba de tiempo de carrera pero a la vez tenía ganas de saborear de nuevo esa adictiva sensación de cruzar la meta. El coraje pudo a los sentimientos y empecé a correr desde allí hasta la meta. Fui superando corredores que antes me habían adelantado lo que hacía que aumentara progresivamente el ritmo. Me sorprendí, lo admito, porque no soy un corredor competitivo pero en ese momento quería seguir corriendo para adelantar a gente que iba visiblemente cansada.

Me acordé de mi padre, como sucede cada vez que hago algo especial en mi vida. Me acordé de su memorable frase “Si t’has apuntat ho has d’acabar” i me lo imaginé allá arriba con su cigarro brindando a mi salud con un “ditet de gin, d’aquell que no fa mal”.


Por si a alguien le interesa el tiempo que tardé.
Cruzar la meta fue especial. Ver como se cumplen tus objetivos después de unos meses muy difíciles y saborear de nuevo el sabor de la superación personal… Estoy enamorado de Formentera y lo reconozco. Pero no de la Formentera turística sino de la salvaje, de la que te ofrece una ruta sin marcar, la que te exige superarte ante la adversidad, la que te obliga a ser mejor de lo que te imaginabas. Ni os imagináis lo feliz que me hace correr.









Cuando cumples tu objetivo te sientes como un súper héroe.

Esta carrera me ha enseñado que no importa lo complicado que se pongan las cosas, con actitud positiva y verdaderas ganas de superar cualquier problema, podemos ir siguiendo hacia adelante porque nadie dijo que todo esto iba a ser fácil...

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